Todo lo que puede suceder (y lo que parece que no puede suceder), sucede en una ceremonia.

Capítulo I: tormenta al mediodía

El sol luce imponente en Mas del Pi. Son las diez y cuarenta de la mañana y la ceremonia está fijada a las doce del mediodía. Lo bueno es que, a tenor de la brisa, apunta a que se mantendrá una temperatura muy agradable. Todo va sobre ruedas cuando pruebo el micrófono y charlo un poco con el técnico de sonido; los detalles están repasados. Bien. Pero sin esperarlo, a lo lejos un sonido despierta el aire: no hay duda, es un trueno. La tormenta está forjándose algunos kilómetros más al oeste. De la montaña comienza a desprenderse hacia el mar un mar de nubes, negras como el azabache que auguran diversión en la, todavía tranquila, mañana.

A partir de ese instante, un agobiante reloj de arena imaginario empieza a dejar caer los segundos lentamente. Y a la presión de la responsabilidad de siempre se le suma la incertidumbre por la climatología.

Efectivamente, no nos escapamos; ya sabemos que la ley de Murphy nunca falla. El reloj marca diez minutos de retraso sobre la hora prevista cuando la novia llega en un hermoso coche antiguo, que se detiene frente al pasillo delineado por la moqueta roja. Y basta con que ponga un pie en el suelo para que las nubes abran la compuerta y se dejen caer sobre todas nuestras cabezas. Un buen chaparrón resulta de la conjetura. ¡Menos mal que las carpas protectoras que acertadamente han colocado con premura el personal del Mas, tratan de contener! Aún así, es lógico: las caras de los novios son un poema. ¡Menuda mala suerte hemos tenido! –me dicen con los ojos llorosos–.

Juanvi y Ramy vivieron aquel momento de tensión entre paraguas, pero nada pudo detener toda la ilusión que habían acumulado al imaginar y preparar su boda.

Y allí plantado frente a ellos estoy, armado solo con mis palabras, con las que sé que debo que darle la vuelta a los ánimos. Al fin y al cabo, ellos no tienen ninguna culpa de que la climatología nos esté jugando una mala pasada.

Inmerso en esta situación, la seguridad que me aporta el saber que resuelvo ante cualquier imprevisto, es clave. Porque pongo todo de mi parte para que la ceremonia saga adelante, a pesar de todo. Y sé improvisar, poniendo el valor de lo imprevisto –por irrepetible– en primer plano, para que se deje caer con más fuerza que cualquier tormenta impertinente. Por esto, la ceremonia, no solo no se resiente, sino que se nutre con lo fortuito. El recuerdo de aquel momento, una vez han pasado los años, no solo se mantiene fresco en la memoria de la pareja, sino que gana en valor por la situación tan auténtica que fuimos capaces de generar. Y todo, a partir de darle una vuelta de tuerca a los ánimos tan tensos con los que la lógica del momento quiso que arrancase aquella ceremonia. Quienes la presenciamos, jamás olvidaremos aquellas sensaciones.

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