Parece sencillo, pero una historia de amor es mucho más que dos historias que se cruzan en el momento exacto. Por encima de todo, una historia de amor es la suma de dos realidades que se sincronizan. Dos seres que coinciden en un momento favorable a que su comunicación fluya por el mismo canal, y con un mismo lenguaje.

Quiero advertir que todo lo que estoy escribiendo se basa en la experiencia y va más allá de cualquier plano, meramente estético. Porque estoy refiriéndome a la autenticidad, que es aquello que tiene el valor de lo profundo; de lo real.

Porque dos personas que coinciden en la vida y son capaces de establecer una relación de pareja sólida, encierran en su devenir mil y una anécdotas, totalmente prescindibles para contar su realidad. La base, la esencia, es la lectura a nivel emocional que puede hacerse. Las fases que van superando.

Las vicisitudes, retos constantes, grietas que pueden romper una historia y que, si se intervienen con responsabilidad por ambas partes, no solo no resquebrajan una historia de amor, sino que la refuerzan. Del cómo de caer y levantarse se solidifica una relación. Del cómo, a base de confiar y entenderse –incluso sin necesidad de mediar palabras– se construye un núcleo que es la base del futuro, pero también del presente.

Una historia de amor tiene la importancia que tienen sus protagonistas. Contarla mal, es como no reconocer que esas personas son reales. Son, quienes son.

He escuchado, comprendido e interpretado al lenguaje adecuado historias de todo tipo. Algunas, muy sencillas. Otras, con tal complejidad que me han demostrado el aforismo aquel que dice «la realidad supera a la ficción». No os podéis imaginar cuán cierto es este pensamiento popular.

Más allá de las historias en su linealidad, la inspiración real llega a través de los valores que se leen entre líneas, si estás capacitado para ello. El valor de las personas que se quieren de veras. Solo interpretando y traduciendo lo que sienten –y han sentido– puede escribirse un discurso que, no solo sea propio, sino que emocione por verosímil. Por recordar todo lo experimentado.

Algunas historias te marcan. Otras, te alegran el día cada vez que regresan a la memoria. Las hay que te enseñan cómo somos los seres humanos y las hay que nos revelan cuán rico puede ser el hecho de vivir en pareja. Otras, por contraposición con modelos que observamos a diario, ganan enteros a cada frase que te cuentan. Y todas, absolutamente todas, me permiten mantener la coherencia con el carácter social que tenemos las personas.

Contar una historia sin miedo es algo que solo puede llevarse a cabo si lo que escribes, no solo te inspira, sino que te emociona; estableces un hilo de empatía con ambos. Te pones en su lugar con la imaginación y lees cada detalle.

Las historias las escucho, pero también las veo. Porque cuando me las cuentan, no solo son las palabras las que comunican. Porque las historias se escuchan y se observan. Luego, te inspiran para querer escribirlas y que todo salga bien. En otra entrada, hablaré de la importancia que tiene el saber escuchar y el saber observar. Pero eso será otro día. Por hoy, ya tenemos suficiente información; suficiente inspiración.

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