La duración aconsejada para una ceremonia civil simbólica es, significativamente inferior a la de una ceremonia tradicional religiosa.

El factor clave para ello es la adaptación al medio. Se trata de un momento pensado y creado expresamente para generar un recuerdo único y perdurable en la mente de los asistentes. Precisamente, porque todos los que allí están tienen un porqué y un cómo. Ya no se trata en gran medida de compromisos familiares, como sucedía en generaciones anteriores, sino que cada invitado está allí porque así lo han querido ambas partes: la pareja que se casa y el propio invitado. Por lo tanto, en el fondo de todo reside un poso de autenticidad. 

No hay falsedad aparente, sino un interés mutuo porque todo resulte como se ha imaginado, en el mejor de los escenarios. 

Si en este contexto tan favorable –y agradable a la vez– el texto y ritmo de la ceremonia no se adecúan, puede cometerse el error más grave de todos: fracasar. Porque si los invitados se aburren, o si no se creen la ceremonia, por mucho que traten de maquillarlo con efusividad o sonrisas se habrá fracasado, en cierto modo. Si teniendo el entorno perfecto no se ha llegado a conseguir del todo la sensación de estar en una boda de las de verdad, el objetivo principal no se ha cumplido.

Una ceremonia está bien hecha si con el paso del tiempo no se olvida lo que allí se ha vivido. Todo lo demás, son solo intentos motivados, tanto por el desconocimiento como por una buena voluntad sin el criterio adecuado. 

Por último, queda añadir que escribir una ceremonia simbólica es algo así como confeccionar un traje a medida. Hay que saber escuchar las inquietudes, ideas e ilusiones de los novios, para luego construir el momento que ellos necesitan. Pero de nada sirve esta determinación por escucharles si luego quien va a escribir no sabe transmitirles la realidad del medio en que nos movemos. Comunicar la necesidad por traducir esa historia al lenguaje teatral, para que el resultado sea agradable al oído. Así es como los invitados, no solo lo escuchan con agrado, sino que lo viven como algo propio. Precisamente, lo que es, en su más pura realidad.

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